¿Has estado alguna vez en un bosque? Seguramente sí. Tal vez recuerdes haber visto árboles de troncos gruesos y otros de troncos más delgados; algunos con ramas extendidas en todas direcciones, otros con pocas ramas y formas más discretas porque hay bosques de muchas alturas, tamaños y densidades.

Pues este lugar de tantos verdes nos ayuda a imaginar el interior del cerebro, aunque, claro, en el cerebro no haya árboles, pero sí neuronas y distintos tipos de células gliales encargadas de proteger, sostener y ayudar al funcionamiento del tejido nervioso. Aun así, la comparación con ese espacio arbolado resulta útil, pues las neuronas tienen prolongaciones que, al dividirse una y otra vez, se asemejan a las ramas de un árbol. De hecho, esas prolongaciones cortas que se ramifican reciben el nombre de «dendritas», palabra cuyo origen está en el griego dendrón y significa, precisamente, «árbol». ¡Nada más adecuado! Entonces, es fácil hacernos la imagen de esas ramificaciones formando un bosque muy, muy pequeño.

Ah, pero visto al microscopio, ese enramado nervioso despierta fascinación. Así le ocurrió a Rita Levi-Montalcini, la neurocientífica italiana que recibiría el Premio Nobel de Medicina en 1986 por sus aportes al descubrimiento del factor de crecimiento nervioso. Ella misma contaba que, una vez que se internó en el bosque, ya no pudo dejar de observarlo. Ni siquiera la Segunda Guerra Mundial, y el consiguiente cierre de universidades, la apartó de esa pasión; instaló un laboratorio improvisado en su dormitorio para continuar investigando.

Sin embargo, la historia del bosque neuronal comienza mucho antes. Durante siglos, el cerebro fue revelando paulatinamente sus secretos. En la antigüedad, Aristóteles sostenía que el corazón era el centro de las emociones y el cerebro era una masa blanquecina cuya función consistía en enfriarlas. Esa idea perduró durante mucho tiempo y habría que esperar hasta los estudios histológicos de Santiago Ramón y Cajal, en el siglo XIX, para empezar a conocer con detalle la estructura del tejido nervioso. A mediados de ese siglo, por ahí del año 1851, ya se contaba con algunos colorantes naturales, como el carmín, obtenido de la cochinilla y el azafrán, extraído de la flor del mismo nombre. Estos tintes eran capaces de colorear cortes de cerebro, permitiendo observar algunas neuronas, aunque todavía incompletas. Más tarde, en 1856, el histólogo Albert Kölliker publicó en el libro Elements D’Histologie Humaine imágenes de fibras nerviosas sueltas y neuronas con muy pocas prolongaciones visibles. Era un comienzo, pero aún no suficiente para comprender la arquitectura completa de ese bosque.

El gran cambio llegó en 1873, cuando Camilo Golgi, un médico patólogo, desarrolló una técnica de tinción histológica con nitrato de plata conocida como reazione nera. Por primera vez fue posible teñir de manera selectiva unas cuantas neuronas completas, es decir, con el cuerpo celular y sus prolongaciones. Esta distinción fue clave, porque si todas se hubieran teñido al mismo tiempo, el enramado hubiera sido tan denso que impediría distinguir unas de otras.

Gracias a esta técnica empezó a revelarse la diversidad de formas neuronales. Algunas tenían cuerpos triangulares, otras ovoides, estrellados o fusiformes. También podían apreciarse diferencias en la longitud y el número de sus prolongaciones, e incluso pequeñas estructuras en las dendritas que hoy conocemos como espinas dendríticas.

Fue en ese escenario donde entró Santiago Ramón y Cajal quien, desde niño, tuvo un talento notable para el dibujo, habilidad que a su padre no le entusiasmaba demasiado. Con los años estudió medicina, se convirtió en profesor universitario y encontró en el trabajo histológico un terreno ideal para unir observación, paciencia y destreza manual. Al perfeccionar la técnica de Golgi, Cajal logró describir, con extraordinario detalle la organización del tejido nervioso. A partir de estos descubrimientos, el bosque neuronal dejó de ser una intuición y comenzó a convertirse en un mapa cerebral.

En 1906 ambos compartieron el Premio Nobel de Medicina. Las neuronas teñidas con la técnica de Golgi y dibujadas por Cajal no solo permitieron representar con fidelidad excepcional la diversidad del tejido nervioso, sino también mostraron la belleza de su organización.

Sus dibujos de neuronas piramidales, por ejemplo, han sido comparados con fotomicrografías obtenidas con equipos modernos y la coincidencia es sorprendente. Algunos de sus contemporáneos veían aquellos dibujos más cercanos al arte que a la ciencia. ¿Falso o cierto? En realidad, ahí estaban los dos: eran observaciones rigurosas y, al mismo tiempo, imágenes de notable belleza.

Gran parte de ese trabajo quedó reunido en Texture du Système Nerveux de l'Homme et des Vertèbres publicada en 1899. En esa obra, Cajal dibujó con detalle el cerebro, el cerebelo, el tronco encefálico y la médula espinal, tanto de embriones como de adultos, en distintas especies y en estados normales o patológicos.

Desde esa mirada paciente surgió una idea fundamental: las neuronas son unidades independientes. Esa propuesta dio forma a la llamada doctrina de la neurona, uno de los pilares de la neurociencia moderna. Así fue posible entender cómo se transmite el impulso nervioso y cómo se comunican las neuronas en ese inmenso bosque que habita dentro de nuestro cerebro.

Para saber +:

De Carlos JA; Borrell J. (2007) A historical reflection of the contributions of Cajal and Golgi to the foundations of neuroscience. Brain Research Reviews 55(1): 8-16 doi:10.1016/j.brainresrev.2007.03.010

Llinás RR. (2003) The contribution of Santiago Ramón y Cajal to functional neuroscience. Nature Reviews Neuroscience 4: 77-80. doi 10.1038/nrn1011

Figura 1.

Detalles del autor

  • Nombre(s):
    El bosque neuronal
    Rosa Angélica Lucio Lucio, UATx