A menudo escuchamos: “Una madre da todo por sus hijos”. Sin embargo, pocas veces pensamos en la enorme cantidad de ajustes que su cuerpo y su cerebro realizan durante el embarazo y la lactancia. Más allá de un simple “instinto”, el cuidado materno depende de cambios sensoriales, hormonales, cognitivos, emocionales y sociales los cuales preparan a la madre para responder a las necesidades de su descendencia. En ese proceso, la alimentación ocupa un lugar central porque, además de aportar energía, también influye en la salud materna y en el desarrollo de las crías. La conducta materna en mamíferos está regulada por mecanismos neuroendocrinos complejos, y la nutrición forma parte de ese contexto biológico.
Actualmente, los estilos de vida acelerados favorecen el consumo de productos de fácil acceso, con alto contenido de azúcares y grasas. Esto ha transformado nuestra manera de entender la malnutrición, que ya no se refiere únicamente a la falta de alimentos, sino también al exceso o desequilibrio de nutrientes. Cuando ese equilibrio se altera durante el embarazo o la lactancia se compromete el metabolismo materno e, igualmente, pueden afectarse procesos cerebrales y hormonales implicados en el cuidado de la descendencia.
En la mayoría de los mamíferos, incluida la especie humana, el final del embarazo se acompaña de cambios que preparan la llegada de la cría. En otras especies, como la rata, estas conductas incluyen construir un nido, proteger a las crías, recuperarlas si se alejan, alimentarlas y acicalarlas. En conjunto, estas acciones forman parte de la llamada conducta materna, un repertorio cuya función es favorecer la supervivencia de la descendencia. En modelos animales, diversos estudios han mostrado que, cuando el cuidado materno se altera por factores externos, entre ellos la malnutrición, el desarrollo de las crías podría verse afectado.
Durante la gestación, el organismo materno se reorganiza para sostener el embarazo y prepararse para la lactancia. En ese proceso participan diversas hormonas que influyen tanto en el cuerpo como en la conducta alimentaria. En condiciones normales, el cerebro cuenta con un ‘freno’ para dejar de comer y tener la sensación de saciedad, y con un ‘acelerador’ encargado de impulsar la búsqueda de alimento, o sea, sentir hambre. En esta etapa, ese equilibrio cambia: hormonas como la progesterona, la prolactina y la leptina contribuyen a favorecer una mayor ingesta. En particular, aunque la leptina participa normalmente en la señal de saciedad, su efecto puede disminuir, lo cual hace que el apetito se mantenga permitiendo a la madre acumular reservas energéticas necesarias para el feto y la futura lactancia.
El problema aparece cuando estos mecanismos adaptativos se encuentran con entornos alimentarios dominados por dietas altas en azúcares y grasas. En modelos animales, una dieta materna de este tipo durante la gestación y la lactancia se ha relacionado con cambios en la conducta materna y con alteraciones en el bienestar de la madre y de sus crías. En algunos estudios con roedores se ha observado, por ejemplo, una reorganización de los tiempos de amamantamiento y descanso, así como efectos posteriores en la regulación metabólica y en algunas funciones cerebrales de la descendencia. Estos hallazgos no deben trasladarse de forma automática a humanos, pero sí muestran que la nutrición materna puede influir en procesos biológicos relevantes mucho más allá del embarazo inmediato.
La influencia de la dieta materna también se ha estudiado en relación con el desarrollo futuro de las crías. En modelos animales, el exceso de grasas y azúcares durante la gestación se ha asociado con mayor riesgo de desarrollar obesidad y diabetes, así como con cambios en regiones cerebrales relacionadas con el aprendizaje y la respuesta emocional. Cuando el cuidado materno se vuelve irregular o se desajustan sus tiempos, esa experiencia temprana puede actuar a manera de un estresor adicional para la descendencia. A largo plazo, este factor estresante se ha relacionado con mayores niveles de ansiedad, dificultades de aprendizaje y alteraciones en los circuitos de recompensa. De nuevo, se trata de hallazgos obtenidos principalmente en animales, pero ayudan a entender la importancia de la alimentación materna para la salud de las siguientes generaciones.
La madre es el primer contacto social de la cría. Por eso, cualquier alteración, incluida la malnutrición materna, puede repercutir en la calidad del cuidado que ofrece y, por ello, en el desarrollo de la descendencia. Entender esta relación no implica responsabilizar de todo a las madres, sino reconocer que la alimentación durante el embarazo y la lactancia forma parte de una red más amplia de factores biológicos y sociales los cuales influyen en la salud a corto y largo plazo. En ese sentido, hablar de cerebro, gestación y alimentos es también hablar del futuro de quienes están por nacer.
Para saber +:
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Purcell RH, Sun B, Pass LL, Power ML, Moran TH, Tamashiro KL. (2011). Maternal stress and high-fat diet effect on maternal behavior, milk composition, and pup ingestive behavior. Physiology & behavior, 104(3), 474–479. https://doi.org/10.1016/j.physbeh.2011.05.012
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