A veces, un término guarda una historia más larga de lo que parece. Por ejemplo, «cerebro» se usó durante siglos para nombrar “aquello que hay dentro de la cabeza”. Hoy pensamos en él como el gran centro de control del sistema nervioso: un órgano alojado dentro del cráneo formado por neuronas, transmisoras de información, y por células gliales, las cuales las protegen, nutren y ayudan a funcionar de manera correcta.

En esta organización, el cerebro desarrolla tareas tan distintas como mover el cuerpo, recordar una experiencia, reconocer una cara o regular la respiración. Con sus aproximadamente 86 000 000 000 (ochenta y seis mil millones) de neuronas sigue siendo una de las estructuras más complejas del organismo.

Sin embargo, no toda la vida nerviosa del cuerpo está encerrada en la cabeza. A lo largo del tubo digestivo existe una red muy densa: el sistema nervioso entérico, el cual se distribuye desde el esófago hasta el intestino y contiene cientos de millones de neuronas. ¡Sí, también hay neuronas en otras partes del cuerpo! Por ello, desde hace tiempo, algunos investigadores lo llaman «cerebro intestinal» o «segundo cerebro». Los nombres pueden sonar exagerados, pero apuntan a una disposición real, pues el intestino cuenta con una organización nerviosa capaz de coordinar muchas de sus funciones sin depender a cada instante de órdenes directas del encéfalo. Esa autonomía se entiende mejor cuando se observa cómo está organizado.

El cerebro intestinal se distribuye principalmente en dos grandes plexos: el submucoso, o de Meissner, encargado de participar, sobre todo, en la regulación de secreciones y del flujo sanguíneo local; y el mientérico, o de Auerbach, el cual se localiza entre capas musculares y ayuda a controlar el peristaltismo, o sea, los movimientos que empujan y mezclan el alimento a lo largo del tracto digestivo. Gracias a esta red, además de «recibir órdenes», el intestino procesa información y responde localmente a lo que pasa en su interior.

Limitar a la digestión el interés por este «segundo cerebro» ya no sería correcto porque, en los últimos años ha cobrado fuerza otra idea: el intestino y el encéfalo mantienen una comunicación constante. En esa conversación participan los nervios, las hormonas, el sistema inmunitario y la microbiota intestinal, o sea, la comunidad de bacterias, virus, arqueas y otros microorganismos los cuales habitan en el tubo digestivo. Lejos de ser pasajeros silenciosos, estos microorganismos participan en la digestión, producen metabolitos y modulan señales que pueden influir en distintos sistemas del cuerpo.

Esa posibilidad ha llevado a una pregunta increíble: si la microbiota intestinal influye en el funcionamiento del intestino, ¿podría también participar, aunque sea indirectamente, en el desarrollo y funcionamiento del cerebro? Esta pregunta no surgió de la nada. Hoy en día conocemos que la microbiota intestinal comienza a establecerse desde el nacimiento y cambia de forma intensa durante los primeros años de vida. En el caso de los bebés nacidos por cesárea es común que presenten una microbiota inicial distinta a la de quienes nacen por parto vaginal, aunque esas diferencias pueden modificarse con el tiempo. A partir de observaciones como esa, distintos estudios han explorado si la colonización temprana del intestino podría relacionarse con procesos del neurodesarrollo.

En modelos animales, la idea ha resultado especialmente sugerente. Los ratones criados en condiciones estériles ‒sin microbiota‒ presentan cambios en procesos importantes del desarrollo cerebral, como la formación de nuevas neuronas y el recubrimiento de sus prolongaciones, para que los impulsos nerviosos viajen mejor y se activen las células encargadas de proteger y limpiar el tejido cerebral. Estos hallazgos no suponen un funcionamiento igual en los humanos, sin embargo, sí muestran que la relación entre intestino y cerebro va mucho más allá de lo imaginado. En humanos, la evidencia sigue en construcción y obliga a ser prudentes porque hay asociaciones prometedoras, pero todavía no existen respuestas definitivas.

Ahora bien, esa comunicación no ocurre por un solo camino. Una de las rutas más conocidas involucra al nervio vago, que lleva información desde los intestinos hacia el encéfalo con conexiones al sistema límbico, un área cerebral vinculada funcionalmente con procesos involucrados en las emociones, el aprendizaje y la memoria. También participan hormonas producidas por células enteroendocrinas del aparato digestivo, así como metabolitos generados por la microbiota y señales inmunológicas. Dicho de otra manera, el eje intestino-cerebro no es un cable único, sino una red de comunicación en la cual varias rutas se cruzan, se refuerzan y se modulan entre sí.

Visto así, hablar de «dos cerebros» deja de ser una ocurrencia y se vuelve una forma útil de imaginar una relación compleja. El encéfalo y el sistema nervioso entérico no hacen lo mismo ni ocupan el mismo lugar en el organismo, pero tampoco trabajan aislados. Uno procesa, se encarga de la percepción, memoria, conducta y regulación general; el otro coordina buena parte de la actividad digestiva y envía señales que también pueden repercutir en el estado fisiológico del cuerpo. Más que dos cerebros enfrentados, conviene pensarlos como dos centros nerviosos distintos los cuales sostienen un diálogo continuo para mantener el equilibrio del organismo.

Para saber +:

García-Molina A y Enseñat A. (2017). ¿Por qué llamamos cerebro al cerebro? Rev Neurol; 64: 85-90.

Ross MH y Pawlina W. (2013). Tejido Nervioso. En: Ross MH y Pawlina W. (Eds.) Histología Texto y Atlas a Color con Biología Celular y Molecular. 6ta edición. Editorial Médica Panamericana. Buenos Aires Argentina. 352-399 pp.

Tortora G y Derrickson B. (2014). The digestive system. En: Tortora G y Derrickson B. (Eds.) Principles of Anatomy and Physiology. 14th edition. Editorial John Wiley & Sons. USA. 886-939 pp.

Dinan TG y Cryan JF. (2016). Mood by microbe: towards clinical translation. Genome Med. 8(1):36. doi: 10.1186/s13073-016-0292-1. PMID: 27048547; PMCID: PMC4822287.

Cenit MC, Sanz Y, Codoñer-Franch P. (2017). Influence of gut microbiota on neuropsychiatric disorders. World J Gastroenterol. 23(30):5486-5498. doi: 10.3748/wjg.v23.i30.5486. PMID: 28852308; PMCID: PMC5558112.

Collins SM, Surette M y Bercik P. 2012. The interplay between the intestinal microbiota and the brain. Nature Reviews Microbiology. 11:735-742.

Figura 1.

Detalles del autor

  • Nombre(s):
    Margarita Juárez Romero/ Rosa Angélica Lucio Lucio / Yolanda Cruz Gómez, UATx