En los mamíferos, la madre desempeña un papel clave para la supervivencia y desarrollo de sus crías. Desde el nacimiento, suele aportarles alimento, protección, calor y distintos tipos de estimulación sensorial y social. Según algunos investigadores, el cuidado temprano es decisivo para el desarrollo de la descendencia.

Sin embargo, en los seres humanos, la crianza no recae únicamente en la progenitora: con frecuencia intervienen el padre, otros familiares e incluso redes más amplias de apoyo. Aun así, dentro de ese entramado, la relación entre la madre y su bebé sigue siendo uno de los lazos más significativos.

Aunque para las mujeres la maternidad es una experiencia compleja en la que se entrelazan factores biológicos, psicológicos y socioculturales, en este texto nos centraremos en uno de estos componentes, la dimensión biológica, particularmente en cómo cambia el cerebro materno y qué redes neuronales participan en ese proceso.

El cerebro también se prepara para maternar

Desde la gestación, el cuerpo de la mujer atraviesa una serie de transformaciones que la preparan para responder a las demandas del embarazo, el parto y la crianza temprana. Estas adaptaciones involucran los sistemas cardiovascular, digestivo, pulmonar, hematológico y endocrino, los cuales se instauran de manera progresiva a lo largo del embarazo. Estos cambios sostienen el desarrollo del feto, además de preparar a la madre para el parto y la lactancia.

Pero el cuerpo no es el único afectado: el cerebro también se transforma. Diversas investigaciones sugieren que los cambios neuronales asociados con la gestación, en algunos casos, pueden mantenerse durante meses e incluso consolidarse a lo largo de la vida. Este reacondicionamiento es posible gracias a la plasticidad cerebral, es decir, a la capacidad del cerebro para reorganizarse frente a nuevas experiencias y demandas lo cual le permite ajustar circuitos relacionados con la sensibilidad hacia las señales del bebé, la regulación emocional y la motivación para cuidarlo.

Los cambios llegan a influir en otras funciones. Por ejemplo, se ha descubierto que la maternidad se relaciona con modificaciones en varios procesos: el aprendizaje, la memoria, la atención y la respuesta al estrés. En otras palabras, convertirse en madre implica atender a un recién nacido, por supuesto, pero también puede transformar la manera en que una mujer percibe, interpreta y responde a lo que sucede a su alrededor.

El embarazo más allá del cuerpo

Ahora bien, ¿cómo ocurren estas transformaciones en el cerebro materno? Buena parte de lo que sabemos proviene de estudios en modelos animales y han permitido identificar mecanismos importantes, en especial el papel de las hormonas. Durante la gestación, y alrededor del parto, algunas hormonas ‒la oxitocina, la prolactina, los estrógenos‒ contribuyen a preparar el organismo para el parto, la lactancia y el establecimiento del vínculo con la cría. Estas señales químicas ayudan a activar y reorganizar circuitos cerebrales implicados en la motivación materna y en la expresión de la conducta de cuidado.

Sin embargo, después del nacimiento, las hormonas dejan de ser las únicas protagonistas. A partir de ese momento, la interacción directa con el recién nacido adquiere un papel central. El contacto piel con piel, su llanto, el olor o sus movimientos se convierten en señales capaces de fortalecer y mantener el vínculo materno, es decir, la experiencia cotidiana con la cría activa respuestas de cuidado y también contribuye a consolidar los circuitos cerebrales que las sostienen.

Los estudios con animales han mostrado con claridad la fuerza de estos estímulos. En ratas de laboratorio, por ejemplo, la exposición repetida a crías recién nacidas puede inducir conductas maternas en hembras que nunca estuvieron gestantes e, inclusive, en machos. Este hecho sugiere que la experiencia sensorial con las crías, por sí sola, puede activar circuitos cerebrales relacionados con el cuidado, aun sin los cambios hormonales propios del embarazo. En ese sentido, las hormonas facilitan la conducta materna, pero no son el único camino para que aparezca.

El bebé como señal: contacto, olor y vínculo

Uno de los sistemas cerebrales que participan de manera importante en este proceso es el de recompensa; se trata de un conjunto de estructuras las cuales intervienen en la motivación y en la tendencia de repetir conductas que resultan significativas o placenteras. Este sistema funciona en gran medida gracias a la dopamina, un neurotransmisor relacionado con los procesos de recompensa, motivación y aprendizaje.

Cuando una madre percibe señales de su bebé ‒el llanto, la sonrisa o incluso su olor‒ se activa el área tegmental ventral, una región cerebral vinculada con la liberación de dopamina. A partir de ahí, se ponen en marcha distintas rutas cerebrales. De manera general, la vía mesolímbica contribuye a asignar valor emocional al estímulo, mientras que la vía mesocortical participa en procesos de aprendizaje e interpretación. Este proceso permite que las señales del bebé no se perciban solamente como información sensorial, sino considerándolas señales con un significado especial para la madre.

La investigadora Erika Barba-Müller y su equipo de investigación explican que esta integración favorece que el cuidado materno no se convierta en una respuesta automática aislada y, más bien, sea una conducta sostenida por emoción, aprendizaje y motivación. Así, el sistema de recompensa ayuda a transformar las señales del recién nacido en acciones concretas de cuidado. No se trata únicamente de oír un llanto, sino de reconocerlo, darle un valor emocional y responder a él. Esa combinación entre percepción, emoción y acción es una de las claves del vínculo materno-filial, tanto en humanos como en otros mamíferos.

Cuidar también activa la recompensa

En conclusión, los cambios en el cerebro cuando una hembra mamífera se convierte en madre muestran hasta qué punto el sistema nervioso es capaz de adaptarse a nuevas demandas. En las madres humanas, además, estos procesos biológicos se entrelazan con factores psicológicos y socioculturales, lo cual vuelve todavía más compleja la expresión de la maternidad. Por consiguiente, en lugar de pensar en el cerebro materno como un cerebro «instintivo», conviene entenderlo como un cerebro en transformación preparándose para cuidar, responder y construir vínculo.

Para saber +:

Barba-Müller E, Craddock S, Carmona S, Hoekzema E. (2019). Brain plasticity in pregnancy and the postpartum period: links to maternal caregiving and mental health. Arch Womens Ment Health, 22(2), 289-299. https://doi:10.1007/s00737-018-0889-z

Figura 1.

Detalles del autor

  • Nombre(s):
    Roxana Pluma Romo, UATx / Myriam Nayeli Villafuerte Vega, UATx / Enrique Hernández Arteaga, UATx