El gran descubrimiento
En la década de 1950, unos protagonistas inesperados, los embriones de pollo, ayudaron a revelar uno de los hallazgos más importantes de la neurociencia. La científica Rita Levi-Montalcini observó que ciertos tumores de ratón liberaban una sustancia capaz de estimular el crecimiento de los nervios cuando se implantaban en esos embriones. Ese hallazgo marcó el descubrimiento de la primera neurotrofina: el factor de crecimiento nervioso. Años después se identificaron el factor neurotrófico derivado del cerebro (BDNF) y las neurotrofinas 4 y 5, entre otras. Con ello comenzó a entenderse mejor cómo este órgano crece, se adapta y se mantiene a lo largo de la vida.
¿Para qué sirven?
Las neurotrofinas son proteínas que desempeñan un papel fundamental en el desarrollo, mantenimiento y plasticidad del sistema nervioso, es decir, la capacidad para modificarse con la experiencia, aprender y reorganizar sus conexiones; además, ayudan a las sobrevivencia de ciertas neuronas y favorecen la formación de conexiones entre ellas, participando también en la formación de nuevas neuronas en algunas regiones cerebrales.
El cerebro humano contiene alrededor de 86 000 000 000, sí, ochenta y seis mil millones de neuronas las cuales forman una red extraordinariamente compleja. Una manera sencilla de imaginarla es comparándola con una gran red de comunicación donde cada neurona intercambia señales con muchas otras y de esa interacción dependen funciones como la memoria, el aprendizaje y la adaptación al entorno.
Una zona de importante es el hipocampo, pues desempeña un papel clave en la memoria y el aprendizaje. Gracias a él podemos recordar experiencias, orientarnos en el espacio y adquirir nuevas habilidades. En esta zona, el BDNF resulta especialmente importante porque, durante el desarrollo, favorece la formación de circuitos neuronales y, en la adultez, ayuda a mantenerlos y a proteger a las neuronas frente al daño. Por esta razón suele considerarse una proteína esencial para conservar su plasticidad.
Cuando desciende su número
La disminución de neurotrofinas puede tener consecuencias importantes para la salud cerebral. Con la edad, su producción tiende a reducirse de manera natural, pero algunos factores ‒el estrés crónico, la obesidad, el sedentarismo y una alimentación poco saludable‒ pueden acelerar este proceso.
Niveles bajos del BDNF se han relacionado con la enfermedad de Alzheimer y con otros trastornos en los cuales se deterioran las conexiones neuronales, resultando en la pérdida progresiva de neuronas y memoria. También se ha observado una asociación con la ansiedad y la depresión y, aunque esto no significa que las neurotrofinas expliquen por sí solas estas enfermedades, sí muestra su participación en los mecanismos que ayudan al cerebro a mantenerse flexible y funcional.
Cómo cuidarlas
La buena noticia es que muchos de los factores que influyen favorablemente en las neurotrofinas pueden modificarse. La actividad física regular es una de las estrategias más efectivas para favorecer los niveles de BDNF. Incluso hábitos sencillos, como caminar diariamente, pueden tener efectos positivos en la memoria, el aprendizaje y el estado de ánimo.
La alimentación también cumple un rol fundamental. Una dieta basada en alimentos frescos y poco procesados favorece el buen estado del cerebro: frutas, verduras, cereales integrales, leguminosas y proteínas magras aportan los nutrientes necesarios para el buen funcionamiento del sistema nervioso. En cambio, el exceso de azúcares, sal y alimentos ultraprocesados puede afectar negativamente este equilibrio.
De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), los adultos deberían realizar entre 150 y 300 minutos de actividad física moderada a la semana. Mantener estos hábitos beneficia al cuerpo en general y, por si fuera poco, también contribuye a preservar la salud cerebral.
Para saber +:
Alqahtani SM, et al. (2025). Neuromolecular Med, 27(1), 36. doi: 10.1007/s12017-025-08857-x.
Gomes F, et al. (2025). Life (Basel), 15(6). doi: 10.3390/life15060945.
Whitfield KC, et al. (2018). Ann N Y Acad Sci, 1430(1), 3-43. doi: 10.1111/nyas.13919.