En un mundo donde la contaminación atmosférica es una preocupación creciente, la naturaleza nos brinda aliados inesperados. En el árido paisaje del semidesierto, los líquenes emergen como un equipo de detectives silenciosos capaces de revelar secretos sobre la pureza del aire. Estos organismos encuentran su hogar entre las grietas de las rocas y bajo la sombra fugaz de arbustos espinosos.

Gracias a su capacidad para resistir en ambientes extremos, los líquenes se han convertido en bioindicadores ideales, es decir, organismos que permiten evaluar la salud de los ecosistemas.

El misterioso mundo de los líquenes

A simple vista, estas modestas formaciones de hongos y algas suelen pasar desapercibidas y confundirse con musgo o simples texturas sobre las rocas y troncos de los árboles (figura 1). Sin embargo, esconden un fenómeno fascinante: la liquenización, una simbiosis perfecta entre un hongo (micobionte) y un alga o cianobacteria (fotobionte) (figura 2). Podemos imaginarlos como socios en una alianza de supervivencia extrema en la que el alga genera alimento para ambos y, a cambio, el hongo proporciona la estructura corporal, da el refugio, protege de la desecación y la radiación, creando un hogar estable para ambos.

Esta estrategia de cooperación no es nueva: se estima que los líquenes surgieron hace cientos de millones de años, probablemente durante el Precámbrico, cuando la vida en la Tierra comenzaba a diversificarse en los océanos. Esta antigüedad evidencia su extraordinaria capacidad de adaptación, permitiéndoles colonizar ambientes extremos e inaccesibles para la mayoría de las formas de vida y consolidándolos como verdaderos supervivientes de la historia más antigua de nuestro planeta.

Según el libro Líquenes de la Reserva Natural Integral de Muniellos, alrededor del 20 % de los hongos conocidos pueden formar líquenes. Para entender esta cifra, imagina a 100 personas tratando de sobrevivir en la naturaleza: la mayoría opta por hacerlo de manera individual, confiando únicamente en sus habilidades, mientras que únicamente 20 de ellas son lo suficientemente ingeniosas para formar equipos especializados. En estos equipos, uno aporta la capacidad de crear fuego para alimentarse y el otro aporta herramientas de construcción para su refugio. Juntos, no solo sobreviven, sino también prosperan y dominan los entornos más hostiles. Así actúa este 20 % de hongos, no compiten, se asocian para crear una forma de vida superior.

De estos hongos liquenizados, la gran mayoría son ascomicetos, los cuales se reproducen sexualmente mediante la combinación de material genético de dos individuos, generando descendencia con nuevas características. En contraste, solamente un puñado corresponde a basidiomicetos (apenas 50 especies), que también se reproducen sexualmente, pero lo hacen de una manera más visible: producen sus esporas en estructuras externas especializadas, como si fueran pequeños frutos que liberan semillas al aire. Existe también un pequeño grupo de deuteromicetos (unas 200 especies), que no practican la reproducción sexual, pues se multiplican copiándose a sí mismos de forma asexual.

Durante la liquenización no solo cambian los hongos, también las algas, lo que complica su identificación.

El 92 % de los líquenes tienen algas verdes (clorofíceas), productoras de energía en condiciones normales, y el 8 % contienen algas verdeazuladas (cianofíceas), capaces de sobrevivir en entornos extremos y fijar nitrógeno. Gracias a esta diversidad de estrategias en ambos socios, los líquenes logran adaptarse a una amplia gama de climas, desde las frías regiones árticas hasta los áridos desiertos, demostrando que la cooperación es la clave de su éxito evolutivo.

Interacciones ecológicas

Los líquenes cumplen varias funciones importantes en los ecosistemas: son pioneros en la colonización de suelos desnudos (figura 3), preparando el terreno para que otras plantas puedan crecer y desarrollarse. Además, proporcionan alimento y refugio para diversos organismos, desde insectos hasta pequeños mamíferos.

En la vida de los líquenes, el viento cumple una doble función. Por un lado, acelera el secado del talo, la estructura donde realizan la fotosíntesis y absorben agua y nutrientes, lo que los lleva a un estado de reposo parecido a la hibernación. En ese “adormecimiento” apenas consumen energía, lo cual les permite sobrevivir durante largas sequías hasta el regreso de la humedad. Por otro, el viento también actúa como aliado y mensajero: transporta fragmentos de líquenes a través del aire, facilitando que viajen y colonicen nuevos territorios.

La bioindicación como herramienta de detección

Los líquenes son extremadamente sensibles a la contaminación. Absorben agua y nutrientes directamente del aire, lo cual los hace vulnerables a sustancias como metales pesados, óxidos de nitrógeno y otros compuestos orgánicos volátiles. Cuando los niveles de contaminación aumentan:

El talo puede dañarse, afectando su capacidad para absorber nutrientes y agua, lo que puede provocar la muerte de la comunidad de líquenes.

La diversidad y composición de la comunidad se reduce.

El ecosistema pierde equilibrio y funcionalidad (Figura 4).

Por su notable sensibilidad a los cambios ambientales, los líquenes se consideran herramientas de bioindicación. Un estudio publicado en 2022 en la revista Biotempo validó el uso de comunidades de líquenes como bioindicadores de la calidad del aire, lo mismo en zonas urbanas que en ambientes naturales. La metodología se basa en el análisis de tres factores clave: 1) presencia de líquenes, 2) abundancia relativa de las especies y 3) diversidad dentro de la comunidad, mediante muestreos estandarizados.

Al comparar los resultados entre distintas zonas, los científicos pueden identificar patrones de contaminación y localizar áreas de riesgo; por esta razón, los líquenes se convierten en una herramienta valiosa para la gestión ambiental.

Impacto y reflexiones

Los líquenes trascienden lo científico al convertirse en detectives naturales capaces de resolver el misterio de la calidad del aire porque muestran pistas al absorber contaminantes invisibles, interpretan esas evidencias mediante cambios en su crecimiento o supervivencia, y revelan la verdad sobre la salud ambiental de un lugar. Sensibilizar al público sobre este papel crucial puede impulsar políticas públicas para reducir la contaminación y conservar ecosistemas frágiles como el semidesierto. La colaboración entre científicos, autoridades y comunidades es fundamental para proteger a estos testigos silenciosos.


Agradecimientos:

Agradecemos al licenciado en Ciencias Ambientales Ernesto Abel Salmerón Pillado por las fotografías de líquenes que enriquecieron este artículo.


Referencias

Barreno E, Pérez-Ortega S. (2003). Líquenes de la Reserva Natural Integral de Muniellos, Asturias. Oviedo: KRK Ediciones.

Valdivia D, Iannacone J. (2022). Aplicaciones del Índice de Pureza Atmosférica

usando líquenes. Biotempo, 19(1), 101–108. https://doi.org/10.31381/biotempo.v19i1.4797

Figura 1. Líquenes creciendo en rocas en Cataviña, Baja California, una zona de clima semiárido caracterizada por grandes formaciones rocosas y vegetación adaptada a la sequía.
Figura 2. Esquema de un corte transversal de un liquen que muestra la asociación fúngica (corteza y médula) y el fotobionte (capa algal). (Generado por Gemini, 2 de octubre de 2025).
Figura 3. Líquenes colonizando suelo desnudo en San Francisco de la Sierra, Baja California, dentro de la Cueva del Ratón.
Figura 4. Comparación de líquenes en dos ambientes semidesérticos de Baja California con diferente grado de impacto ambiental. A) Cataviña, donde la presencia de turistas ha generado presión sobre el ecosistema. B) El Coyote, un área con menor alteración ambiental.

Detalles del autor

  • Nombre(s):
    María Katiushka Mendoza Carrillo / UAdeC
    Ramón Yosvanis Batista Cruz / UAdeC
    David Ramiro Aguillón Gutiérrez / UAdeC