Cuando el verano comienza a despedirse del bosque templado al noroeste de Tlaxcala, también se apagan, poco a poco, los destellos de las luciérnagas en Nanacamilpa. Las lluvias son menos frecuentes y las luces titilantes de estos insectos, que buscan pareja durante la temporada reproductiva, van desapareciendo. Sin embargo, esto no significa que el bosque pierda su encanto: ¡está ahí todo el año, listo para sorprender!

Con la humedad, caminar entre los pinos es adentrarse en una sinfonía de tonos verdes, una mezcla de aromas que se entrevera con la tierra mojada y diversas texturas que despiertan los sentidos. La neblina invita a ranas y sapos a cantar, mientras el viento entre las ramas crea un murmullo apacible haciendo que el tiempo parezca detenerse.

La experiencia se vuelve aún más especial con la compañía de un guía local quien cuenta las historias del lugar, informa sobre los rincones secretos para una buena foto, ayuda en la búsqueda de hongos comestibles y así se enriquece el recorrido. Al final, el camino invita a sentarse a disfrutar de un platillo tradicional: conejo en Chimbote (cocinado lentamente entre pencas de maguey) y nada mejor que acompañarlo con tortillas hechas a mano, salsa de chinicuiles y un buen pulque, tal como lo hacen las familias de Nanacamilpa en ocasiones especiales.

En ese momento suele surgir una pregunta: “Estuve dentro del bosque, pero no vi magueyes… Entonces, ¿de qué ecosistema vienen los magueyes que producen el pulque y las pencas usadas para el chimbote?” Para responder, podemos imaginar un sobrevuelo por el noroeste de Tlaxcala hasta llegar a la frontera con el estado de Hidalgo. En el trayecto podríamos observar cómo el bosque se sustituye por un paisaje de campos y metepantle (hileras de magueyes) (figura 1); después, las zonas habitadas y, finalmente, al llegar al municipio de Calpulalpan, otro ecosistema, conocido como matorral xerófilo.

Es un ambiente desafiante para la vida: el sol brilla con intensidad, la humedad es escasa y la evaporación, elevada. Son pocas las personas que eligen establecerse en ese lugar.

La agricultura en estas zonas suele requerir sistemas de riego tecnificados que modifican por completo el paisaje original. El uso más común del matorral xerófilo sigue siendo la ganadería. Las cabras, por ejemplo, se adaptan muy bien, ya que consumen arbustos espinosos y sobreviven con poca agua. También es común el cultivo de maguey pulquero y de nopal, cuya producción ha aumentado en los últimos años, tanto para consumo fresco como para exportación.

Aunque a primera vista el matorral pueda parecer menos imponente que el bosque, guarda tesoros biológicos y culturales, los cuales sostienen la vida en la región. De este ecosistema provienen productos como el pulque, los chinicuiles y las pencas de maguey usadas para preparar el Chimbote. Estos son ejemplos de servicios ambientales de provisión, es decir, beneficios que los ecosistemas ofrecen de forma directa como alimentos, materias primas y experiencias recreativas.

Pero hay algo más profundo: cada platillo y cada técnica de producción están ligados a conocimientos tradicionales, transmitidos generacionalmente durante siglos, y a prácticas culturales como rituales, celebraciones, formas de cultivo y de recolección. Por estas características se habla de patrimonio biocultural, es decir, una herencia que no solo incluye la tierra y los recursos naturales, sino también las formas de cuidarlos y aprovecharlos.

En la región, muchas personas valoran tanto o más el pulque y la cultura del maguey que el espectáculo de las luciérnagas. Ambas expresiones son valiosas, pero representan formas distintas de relacionarse con la naturaleza.

Las antiguas haciendas pulqueras, por ejemplo, son construcciones, pero, además, son la huella de una relación histórica con el matorral xerófilo, donde el pulque era la base de la economía y la vida comunitaria. Por esta razón se considera que el matorral xerófilo también ha provisto de servicios culturales a la región, generando sentido de identidad, aunque se encuentre alejado del bosque templado de Nanacamilpa. La observación de luciérnagas es otro servicio ambiental cultural, a pesar de estar vinculado a la recreación y el bienestar emocional.

Así, mientras el bosque ofrece sombra, neblina y paseos silenciosos que invitan a la contemplación, el matorral ha provisto, desde tiempos prehispánicos, sabores únicos y una cultura viva que late en los campos de Tlaxcala.

Vale la pena regresar a Nanacamilpa y Calpulalpan fuera de la temporada de luciérnagas, para conocer su cultura, apoyar economías locales y conservar los ecosistemas que hacen posible esta oportunidad para seguir disfrutando de la vida.


Referencias

Millennium Ecosystem Assessment. (2005). ¿Qué es la Evaluación de los Ecosistemas del Milenio (EM)? https://www.millenniumassessment.org/es/About.html

Rzedowski J. (1991). Diversidad y orígenes de la flora fanerogámica de México. Acta Botánica Mexicana, 14:3–21. https://doi.org/10.21829/abm14.1991.611

Toledo VM, Barrera-Bassols N. (2008). La memoria biocultural: la importancia ecológica de las sabidurías tradicionales. Icaria Editorial, Barcelona, España.  https://www.uv.mx/orizaba/mgas/files/2016/03/memoria-biocultural.pdf

Figura 1: Paisaje de Nanacamilpa. Fuente: Acervo fotográfico de Adriana Isabel Gutiérrez Castro
Figura 2. Fotografía de magueyes en Nanacamilpa Tlaxcala por Enrique Taboada.

Detalles del autor

  • Nombre(s):
    Adriana Isabel Gutiérrez Castro / COLTLAX
    Ángel David Flores Domínguez / COLTLAX