La neuropatía diabética es una de las complicaciones más frecuentes de la diabetes. Ocurre cuando los nervios se dañan poco a poco, lo cual altera la forma en que el cuerpo siente, se mueve y realiza algunas funciones básicas. Suele avanzar de manera gradual; por lo general, los primeros síntomas aparecen en pies y manos.

En etapas avanzadas, la pérdida de sensibilidad llega a ser casi total. Esto aumenta el riesgo de sufrir lesiones desapercibidas y favorece el desarrollo del pie diabético, una complicación en la que aparecen heridas o úlceras capaces de agravarse por la falta de dolor como señal de alerta y por la mala circulación.

Al fallar las “calles” del cuerpo

Imagine por un momento que el cuerpo humano funciona como una gran ciudad. En ella, los nervios forman una enorme red de carreteras y cables por donde viajan millones de mensajes cada segundo. Gracias a esa red reconocemos el calor del sol, el aroma de las flores, el roce de una caricia o el dolor de una lesión. También movemos los músculos y regulamos procesos esenciales, entre ellos la digestión, el latido del corazón o la presión arterial, sin pensar en ello.

Pero ¿qué ocurre si esa red empieza a fallar? En personas con diabetes, mantener niveles altos de glucosa en sangre durante meses o años tiene consecuencias más allá de las cifras de los estudios médicos. Poco a poco, el exceso de azúcar altera el funcionamiento de las células, daña los vasos sanguíneos más pequeños, dificulta la llegada de oxígeno y nutrientes a los nervios, favorece la inflamación y aumenta el estrés oxidativo, un proceso en el que se acumulan moléculas capaces de lastimar las células. Como resultado, los nervios dejan de recibir lo necesario para mantenerse sanos y su reparación se vuelve más difícil (Figura 1).

¿Cómo se siente?

Al inicio, la neuropatía diabética afecta sobre todo a las fibras nerviosas más delgadas, encargadas de transmitir el dolor y los cambios de temperatura. Debido a su longitud, las primeras molestias suelen aparecer en las zonas más alejadas del cuerpo, especialmente en los dedos de los pies, y avanzan lentamente hacia las piernas. Por este patrón, los especialistas describen su distribución “en calcetín”; si los síntomas aparecen en las manos, se conoce como distribución “en guante” (Figura 2).

Al dañarse estas fibras, el sistema nervioso envía señales equivocadas al cerebro. Esto genera ardor, quemazón, punzadas, descargas eléctricas u hormigueo persistente, incluso sin una herida visible. Es parecido a una alarma de incendios sonando aunque no haya humo ni llamas.

Con el avance de la enfermedad, también se afectan fibras más grandes, relacionadas con el tacto, la vibración y la posición de piernas y pies. Esto provoca entumecimiento, menor respuesta al contacto y problemas de equilibrio. Entonces, actividades cotidianas como caminar exigen más esfuerzo. Algunas personas sienten que llevan calcetines gruesos estando descalzas o que caminan sobre algodón, porque sus pies ya no registran el suelo con normalidad.

La falta de señales de alerta es una de las consecuencias más peligrosas. Una pequeña piedra dentro del zapato, una ampolla, una rozadura o una herida pasan inadvertidas. Sin dolor que avise del problema, esas lesiones empeoran, se infectan o se convierten en úlceras difíciles de cicatrizar. Si a esto se suma la mala circulación, se entiende por qué el pie diabético es una de las principales causas de amputación en pacientes con diabetes.

A estas molestias se suma otro fenómeno: los nervios lastimados se vuelven demasiado reactivos y envían señales de dolor sin motivo aparente. Además, el cerebro y la médula espinal amplifican esos mensajes, de modo que estímulos normalmente inofensivos, entre ellos el roce de la ropa o el contacto con las sábanas durante la noche, llegan a doler. Esta combinación afecta la movilidad, el sueño, la independencia y la calidad de vida.

El sistema nervioso autónomo también llega a verse afectado. Esta parte del cuerpo controla procesos que ocurren sin pensarlo, entre ellos el ritmo del corazón, la digestión, la sudoración, el funcionamiento de la vejiga y la respuesta sexual. Por eso surgen mareos al ponerse de pie, digestión lenta, estreñimiento o diarrea, alteraciones urinarias, cambios en la sudoración y disfunción sexual, síntomas atribuidos muchas veces a otras causas.

Se estima que aproximadamente una de cada dos personas con diabetes presentará neuropatía diabética a lo largo de la enfermedad y que más de un tercio desarrollará algún grado de neuropatía autonómica. Estas cifras muestran la importancia de mantener un buen control de la glucosa y detectar el daño nervioso en sus primeras etapas.

Identificar el daño a tiempo

El diagnóstico no depende de un solo estudio, sino de una revisión médica completa. El médico toma en cuenta los síntomas, explora los pies, revisa los reflejos y evalúa la respuesta a distintos estímulos con herramientas sencillas, como el monofilamento, además de pruebas de vibración, temperatura o dolor. En algunos casos se necesitan estudios adicionales, aunque muchas veces la entrevista y la exploración física orientan el diagnóstico.

Prevención y tratamiento

La mejor estrategia sigue siendo prevenir o frenar la enfermedad antes de que avance. Para ello, el control de la glucosa es fundamental, junto con el manejo de otros factores de riesgo, entre ellos la presión arterial, el colesterol, el tabaquismo y el sedentarismo. Mantenerse físicamente activo, seguir un plan de alimentación adecuado y acudir a revisiones médicas periódicas marca una diferencia real.

Si ya existe dolor neuropático, hay medicamentos para aliviarlo, entre ellos algunos antidepresivos y anticonvulsivos usados específicamente para este tipo de dolor. No todos funcionan igual en todos los pacientes y deben indicarse con vigilancia médica, ya que causan efectos secundarios y no siempre son adecuados si existen otros problemas de salud.

El cuidado diario de los pies también forma parte del tratamiento. Conviene lavarlos y secarlos bien, aplicar crema hidratante, evitar la humedad entre los dedos para prevenir infecciones por hongos, usar calzado cómodo y no tratar por cuenta propia heridas, ampollas o uñas encarnadas. Ante cualquier lesión, aunque no duela, lo correcto es acudir a valoración médica.

En conclusión, la neuropatía diabética no aparece de un día para otro. Es resultado de un proceso silencioso que avanza durante años, incluso antes de los primeros síntomas. Sin embargo, esa evolución lenta también abre una oportunidad para actuar a tiempo. Mantener un buen control glucémico, adoptar un estilo de vida saludable, revisar los pies con regularidad y acudir a evaluaciones médicas periódicas son medidas capaces de retrasar o prevenir gran parte de sus complicaciones.

Cada acción para cuidar esta red de comunicación ayuda a conservar la movilidad, la independencia y la calidad de vida. Después de todo, gracias a ella podemos sentir, movernos e interactuar con el mundo. Protegerla hoy marca la diferencia entre una vida limitada por complicaciones y una vida con mayor bienestar.

Para saber +:

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Figura 1.
Figura 2.

Detalles del autor

  • Nombre(s):
    Nicte Xelhuanzi Arreguin, UATx; Nancy Mirto Aguilar, UATx