Cuando pensamos en las ranas, lo habitual es imaginarlas cerca de cuerpos de agua, como charcas o riachuelos, donde los adultos depositan los huevos y de ellos nacen los renacuajos (la etapa larvaria). Posteriormente, estos se transforman en adultos capaces de vivir fuera del agua o en ambientes semiacuáticos mediante un proceso llamado metamorfosis, es decir, una transformación profunda del cuerpo.

Durante este proceso, los renacuajos desarrollan primero las patas traseras, a continuación, las delanteras; asimismo, reabsorben la cola, modifican la estructura de la boca y reorganizan sus órganos internos hasta convertirse en individuos que respiran aire y se desplazan en tierra firme (algunos también en lugares húmedos).

Sin embargo, existen ranas que rompen con esta regla general: las ranas de desarrollo directo. Estas especies no pasan por una fase acuática visible, sino que completan su desarrollo dentro del huevo, omitiendo la etapa de renacuajo de natación libre. Para reproducirse, el macho abraza a la hembra, lo cual se conoce como amplexus, para posteriormente realizar la fertilización, que suele ser externa: la hembra deposita los huevos, para evitar que se sequen, en lugares húmedos, entre la hojarasca, dentro de troncos o sobre la vegetación, y el macho los fertiliza; de esta forma, aproximadamente un mes después, emergen pequeñas ranitas completamente formadas.

En algunos casos, las hembras retienen los huevos en su oviducto, donde pueden ser fertilizados de manera interna o externa; este fenómeno es la ovoviviparidad y permite que las crías nazcan completamente desarrolladas.

¿Cuántas especies existen?

Las ranas de desarrollo directo son un grupo sorprendentemente diverso dentro de los anfibios. En el continente americano se conocen alrededor de 950 especies, lo cual representa, aproximadamente, el 12 % de todas las ranas descritas en el mundo. En México y Centroamérica viven casi un tercio de ellas. En otras regiones del planeta, como África y Australia, este tipo de reproducción representa menos del 3 % del total, lo que demuestra que América es su principal centro de diversidad.

En nuestro país existen dos géneros: Eleutherodactylus, conocidas como ranitas de dedos largos, con más de 40 especies, de las cuales 35 son endémicas, es decir, únicamente viven en México; y Craugastor, llamadas ranitas de hojarasca, con alrededor de 46 especies, de las cuales 31 son endémicas de México. Ambos géneros enfrentan una situación preocupante: el 80 % de sus especies se encuentra en alguna categoría de riesgo, principalmente por la destrucción y pérdida de su hábitat.

El nombre Eleutherodactylus proviene del griego elutheros (libre) y dactylus (dedos), por la ausencia de membrana entre los dedos. Mientras que Craugastor combina kreas (carnoso) y gaster (estómago), aludiendo a su abdomen robusto. En general, las especies de Craugastor son más robustas, mientras que las ranas de Eleutherodactylus suelen ser más esbeltas (Figura 1a,b).

¿Dónde viven?

Estas ranitas habitan principalmente en bosques muy húmedos y frescos, con abundante vegetación, así como en selvas tropicales y selvas secas. Pueden encontrarse desde los 100 hasta los 2 700 m sobre el nivel del mar.

Las especies del género Craugastor se concentran en bosques de niebla, mientras que las de Eleutherodactylus prefieren los bosques de pino. Las especies que viven en selvas secas son más activas durante la temporada de lluvias, pues aprovechan la humedad del suelo para depositar sus huevos en diferentes sitios. La mayoría de las especies necesitan hábitats conservados y son sensibles a la pérdida de vegetación; pocas sobreviven en ambientes alterados por actividades humanas.

¿Cómo son?

El tamaño de estas ranas varía enormemente: desde 10 mm, como la rana ladradora pigmea (Craugastor pygmaeus) (Figura 1c), hasta especies de 10 cm, el caso de la rana monstruosa (C. pelorus) o la rana de arroyo escarpado (C. rupinius) (Figura 1d).

Sus dedos pueden terminar en punta o con pequeñas expansiones en forma de corazón, y con una pequeña membrana entre los dedos, estas adaptaciones les sirven para trepar o adherirse a superficies húmedas. En algunas especies se pueden distinguir los machos de las hembras: los machos suelen ser de menor tamaño y con tímpanos (membranas auditivas localizadas detrás de los ojos) pequeños.

Un ejemplo curioso es la rana ladradora yucateca (C. yucatanensis). Sus dedos tienen expansiones adhesivas que les permiten escalar por paredes rocosas y húmedas, una adaptación notable a la vida subterránea.

Las ranas de desarrollo directo muestran una gran variedad de colores. Dentro de una misma población pueden encontrarse individuos con diferentes tonalidades o patrones, fenómeno conocido como policromatismo. Además, presentan polimorfismo, es decir, variaciones visibles en forma o tamaño entre individuos de la misma especie. Estas similitudes morfológicas entre especies no emparentadas dificultan su identificación taxonómica, por lo que se requieren estudios genéticos.

En la actualidad, los análisis de ADN, particularmente de ADN mitocondrial, han permitido reconocer nuevos grupos y redefinir relaciones evolutivas entre especies. A través de estas herramientas, la ciencia ha descubierto varias especies; un recordatorio de cuánto falta por aprender sobre estos anfibios.

Conservación: un reto urgente

El clima influye en la supervivencia de las ranas. Su reproducción y actividad dependen de la precipitación, la humedad y la temperatura. El aumento de la temperatura global provoca ambientes más secos y amenaza sus poblaciones. Un ejemplo es la ranita del volcán San Martín (Craugastor loki) (Figura 1e), que vive en zonas bajas y tolera un máximo de 38 °C (su límite térmico máximo o CTmax). En días calurosos, la temperatura ambiental es igual o superior a ese valor, poniendo en riesgo la vida de las ranas de esta especie.

Por ello, es fundamental impulsar investigaciones multidisciplinarias sobre el canto de las ranas, la comunicación, la selección sexual, los patrones de coloración y su vulnerabilidad al cambio climático, dado que más del 80 % de las especies se encuentran en alguna categoría de riesgo, por lo que comprender estos aspectos ayudará no solamente a conservarlas, sino también a entender cómo la evolución ha producido una estrategia reproductiva tan fascinante: la de saltarse una vida entera en el agua.


Referencias

Elinson, R. P. (2013). Metamorphosis in a frog that does not have a tadpole. Current Topics in Developmental Biology, 103:259-76.

Frost, D. R. (2025). Amphibian Species of the World: an Online Reference. Version 6.2 (Acesso 25 marzo 2025). Electronic Database accessible at https://amphibiansoftheworld.amnh.org/index.php. American Museum of Natural History, New York, USA.

Hedges, S. B., Duellman, W. E., Heinicke, M. P., World, N., y Molecular, T. (2008). New World direct-developing frogs (Anura: Terrarana). Zootaxa, 1737, 1–182.

Percino-Daniel, R., Contreras López, J. M., Téllez-Valdés, O., Méndez de la Cruz, F. R., Gonzalez-Voyer, A., y Piñero, D. (2021). Environmental heterogeneity shapes physiological traits in tropical direct-developing frogs. Ecology and Evolution 11, 6688–6702.

Savage, J. M. (2002). The amphibians and reptiles of Costa Rica: a herpetofauna between two continents, between two seas. University of Chicago press.

Figura 1a. Ranita cantadora de manchas rojas Eleutherodactylus rubrimaculatus (22.5 mm). Fotografía por Ruth Percino Daniel.
Figura 1b. Ranita chirriadora y silbante Eleutherodactylus pipilans (28mm). Fotografía por Jesús Ernesto Pérez Sánchez.
Figura 1c. Ranita ladradora pigmea Craugastor pygmaeus (15 mm). Fotografía por Jesús Ernesto Pérez Sánchez.
Figura 1d. Rana de arroyo escarpado Craugastor rupinius (85 mm). Fotografía por Ruth Percino Daniel.
Figura 1e. Ranita del volcán San Martín Craugastor loki (30 mm). Fotografía por Juan Manuel Díaz.

Detalles del autor

  • Nombre(s):
    Ruth Percino-Daniel / ECOSUR
    Paula L. Enríquez / ECOSUR